Pulamos el corazón del reino divino (primera parte)
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★Para hacer coincidir la conciencia divina y la conciencia del cuerpo físico
Cuando la persona está alejada de su verdadero yo (la conciencia divina), su respiración habitual se vuelve superficial inconscientemente.
Eso ocurre de manera realmente asombrosa, sin una sola excepción.
Pero que la respiración se vuelva temporalmente superficial después de un ejercicio intenso, por ejemplo, no entra en esa categoría, así que no lo confundan.
Al hablar con tanta solemnidad de conciencia divina, puede que haya quien piense «eso no tiene que ver conmigo», pero, aunque no sea todo el tiempo, casi todas las personas manifiestan de vez en cuando, a lo largo del día, pensamientos, palabras y actos del reino divino en su conciencia superficial.
Cuando se siente que la palabra divinidad está fuera de alcance, es porque la persona ha olvidado por completo el verdadero corazón, la verdadera esencia que está en la patria de la vida, y por eso lo siente como «algo elevado, muy alejado de mí»; pero incluso así, en los momentos cotidianos sin importancia, el destello de la divinidad rezuma de cada ser humano y forma la dignidad del mundo de la Tierra.
A la manera de ser última, o suprema, de esa dignidad se le llama carácter divino.
Corazones como la inteligencia, la razón, la amabilidad, el deseo de proteger lo que es importante, la ternura hacia uno mismo y hacia los demás, o el deseo de cooperar con el entorno y ser útil al conjunto son todos corazones del reino divino, pensamientos basados en el carácter divino, y son muchas las personas que, sin darse cuenta, hablan y actúan sobre la base de esos pensamientos.
La divinidad es la naturaleza original del ser humano y un elemento central absolutamente indispensable.
Porque no hay ni una sola persona que viva sin divinidad.
Si de este mundo se retiraran y desaparecieran todas las vibraciones divinas, el mundo presentaría un aspecto como el del mundo infernal; pero, por fortuna, esas manifestaciones son limitadas y no ocurren más que de manera aislada, aquí y allá, en distintos lugares del mundo.
Y si a tu lado hubiera alguien que expresara esa manera de ser del mundo infernal, o se desplegara una realidad de gritos y lamentos, ¿qué reacción tendrías tú ante esas personas o esa situación?
¿Podrías ver la divinidad en el fondo de la figura de las personas?
¿Podrías vislumbrar un futuro resplandeciente más allá del desarrollo trágico?

Siempre digo que en toda persona habita la divinidad y que no hay nada que no sea divino, ¿verdad?
Tanto las palabras y actos ajenos que, vistos solo en la superficie, oscurecen el corazón, como los destinos trágicos, no son más que una parte superficial, un suceso pasajero.
Para quien piensa, habla y actúa con la conciencia en el reino divino, en las personas se ve abierta su esencia armoniosa y, en el destino, un futuro que no puede sino mejorar, y puede encontrar el destello de la divinidad en el fondo de todo.
Y los días llenos de esperanza que hay más allá del fenómeno desesperado se ven al mismo tiempo, superpuestos, no como un simple deseo, sino como un futuro que sin falta debe ser así.
Aquí voy a hablar de un punto de vista que falta en la perspectiva de la humanidad en general: incluso la persona que no hace más que causar problemas a quienes la rodean, o la que enseña los dientes a la sociedad como un demonio, no manifiesta esas palabras y actos con todo el mundo.
Es muy corriente que una persona que fuera piensa, habla y actúa de manera inhumana, en cuanto entra en su casa sea un buen padre o una buena madre, y que solo con determinadas personas manifieste pensamientos y actos de divinidad.
La gente tiende, sin querer, a dejarse arrebatar los ojos y los oídos solo por lo sensacional de la superficie, y no logra captar la manera de ser de las partes que no se ven; pero a la hora de valorar a las personas, no hay nada menos fiable que la valoración de «aquella persona es buena, aquella es mala».
Porque solo se es capaz de reconocer una parte superficial muy delgada, y además solo la faceta que responde al propio nivel de conciencia. (Continúa en la próxima entrega)






