La manera correcta de visitar a un enfermo, vista desde el lado de la conciencia
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Los méritos y los defectos de las visitas a los enfermos
Existen las visitas a los enfermos, ¿verdad?
Si alguien cercano ingresa en el hospital, uno va al hospital.
En esos momentos, la mayoría de la gente hace la visita con preocupación.
Pero hay una manera de visitar que puede ayudar mucho más al otro que llevar solo preocupación.
Quizá piensen: «Preocuparse es lo natural, ¿no? ¿Qué tontería estás diciendo?», pero ¿entienden lo que queremos decir?
Porque preocuparse y, con ese pensamiento de preocupación a cuestas, ir a ver con ánimo preocupado a la persona hospitalizada tiende a dejar en la habitación del hospital también el pensamiento de «preocupación».
Como los pensamientos no se ven, quizá piensen «lo que yo piense no tiene nada que ver», pero los pensamientos solo son invisibles: son una energía con forma, hecha y derecha.
A ustedes, que aspiran a la evolución de la conciencia, les pido encarecidamente que actúen con esa consideración.
Quiero que piensen en la manera ascendida de hacer una visita: qué es lo que se agradece desde el lado del visitado, en qué estado conviene poner la propia conciencia para hacer la visita.

La manera ascendida de visitar a un enfermo
La visita que verdaderamente hay que hacer es la que lleva «ánimo».
No es, de ninguna manera, dejar la «preocupación» como regalo de despedida.
Se trata de llevar esa «luz de la vida misma», luminosa, que anima a la persona hospitalizada y hace que le brote el ánimo a raudales.
Una visita así resulta una visita con mucho más sentido.
Cuando alguien ingresa en el hospital, sentir preocupación es un movimiento natural de las emociones.
Pero la conciencia de una persona ascendida no se queda ahí.
Sin quedarse ahí, uno mismo se convierte en un bloque de ánimo y, como el sol que ilumina la tierra sin hacer distinciones, se convierte en la luz del amor misma y así piensa, habla y actúa.
Entonces la habitación de esa persona hospitalizada se llena de la energía del ánimo, y aun después de que el visitante se haya ido, queda el regalo del ánimo.
A eso se le llama una verdadera visita.
Quizá no sea algo que ocurra tan a menudo, pero conviene recordarlo.
Porque es un tema lleno de una esencia que sin duda puede aplicarse también en la vida diaria.







