Para impulsar el refinamiento de las vibraciones espirituales y materiales-4
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Un uso del tiempo práctico y provechoso
Para la humanidad de la Tierra hasta ahora, era lo normal que muchas personas vivieran zarandeadas por los demás.
Sin embargo, en realidad, precisamente ese instante en que uno siente que lo han zarandeado era el tiempo más práctico y provechoso para pulir el alma.
Les explico qué significa esto a través de ejemplos concretos.
«Él me hizo pasar vergüenza delante de todos.» Cuando piensa así, ese hombre abriga un rencor profundo hacia esa persona; pero, en realidad, es una oportunidad para darse cuenta, a través de esa persona, de que en su mundo interior existen «un yo que se menosprecia a sí mismo» y «un yo menospreciado por sí mismo que traga amargura».
«Ella dedica toda su vida a que la humanidad esté en gran armonía. Qué manera de vivir tan noble. Qué persona tan admirable.» Cuando vemos a alguien de quien podemos pensar así, nuestro corazón, aunque parece alabar a esa persona, en realidad está alabando la luz de la vida, la divinidad, que reside en nosotros mismos.
«Seguro que él me detesta. Sí, él me detesta.» Cuando uno se lo dice a sí mismo y lo da por hecho sin haberlo comprobado con el otro, eso no es una impresión sobre el otro: dentro de uno existen al mismo tiempo un yo que se detesta a sí mismo y un yo detestado por sí mismo que está cabizbajo.
«Aquella persona me hizo pasar por cosas terribles.» Cuando uno vuelve una y otra vez a ese recuerdo doloroso, es una oportunidad para darse cuenta de que ha dejado abandonados, sin liberar, en la oscuridad del fondo del corazón, tanto a un yo acosador que se patea y se pisotea a sí mismo como a un yo acosado, pateado y pisoteado por sí mismo, que llevan mucho tiempo actuando en la sombra o acurrucados, y para soltar ese apego.

Para ser un yo sin apegos
Si se enumeran así, no se acaba nunca, pero observando en la vida diaria, en cada ocasión, los movimientos de los propios pensamientos, se pueden descubrir esos ejemplos en el propio interior.
Ese «descubrir» es precisamente lo que rompe la idea preconcebida de que «la causa no está en mí», permite mirar de frente los hechos e irradia la luz de la vida en la oscuridad del interior del corazón adonde la luz no llegaba.
Porque, cuando eso ocurre, esos pensamientos no resueltos de ambos polos se disipan a la vez y en un instante.
Además, como la verdadera causa que agitaba los pensamientos retorna al cielo del fondo del corazón, se va llegando a un estado de ánimo con poco apego.
¿Qué ocurre realmente si se continúa esta práctica? Que, vea lo que vea, oiga lo que oiga, toque lo que toque, pruebe lo que pruebe y huela lo que huela, el corazón deja de alterarse.
Y ello dejando tal cual los movimientos superficiales del pensamiento.
Es decir, uno se transforma en un yo que no se aferra a los pensamientos.
Sin darse cuenta, uno va cambiando hacia un estado en que puede soltar de golpe las emociones, de forma natural, sin forzarse.
Aunque se encuentre con un suceso del que pueda pensar «el yo de antes, en una situación así, se habría alterado y no habría podido quedarse tranquilo», llegará a poder verlo pasar de largo con ligereza.
Entonces, usted exclamará con admiración: «¿Así que la vida era algo tan fácil de vivir?».
(Fin)






